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La filosofía occidental avanza desde la Edad Antigua Tardía, a través de toda la Edad Media, en un proceso de progresiva abstracción teórica que culmina, en la filosofía moderna y postmoderna, en lo que podría calificarse como pura filosofía de escritorio. Esta filosofía de escritorio consiste en una especie de abstracción especulativa de carácter intelectualoide totalmente desconectada de la experiencia inmediata del hombre común, de los avatares de su vida cotidiana, de su ámbito de concepciones prácticas así como de su problemática habitual. El efecto paradójico de estos enfoques teóricos ha sido la acentuación del positivismo desde perspectivas materialistas, cientificistas y tecnologistas, que no han hecho más que extraviar a la especie humana de su camino, por llevarlo a la objetualizacion de su ser y todas sus actividades. Como claro ejemplo de este hecho se puede mencionar la reacción que el idealismo hegeliano ha provocado en la ontología marxista, que concibe la realización del ser del hombre a través del trabajo y de la producción de bienes, y lo restringe a su mero nivel social. Como es de esperar, esta intelectualización pedante a la que el academicismo moderno ha llevado a la filosofía, ha producido un absoluto desconcierto en el hombre contemporáneo común, que al verse incapacitado de cualquier aplicación práctica de semejantes voladuras especulativas, ha optado, simplemente, por vivir sin filosofía, ya que ha captado que esta no tiene más aplicación práctica que la que un docente en la materia pueda sacar por su labor. Así se ha esterilizado el pensamiento del hombre dirigiéndolo a la mera aplicación técnica mercantilista de sus conocimientos o, más bien, de los conocimientos heredados culturalmente.

La filosofía occidental se encuentra en un momento de penosa degradación, tanto por su condición teórico-especulativa como por su condición científico-positivista. La historia del pensamiento occidental es una historia involutiva disfrazada de refinamiento y sofisticación intelectual, que se manifiesta como una producción filosófica con un carácter cada vez más teórico, abstracto y especulativo. Los grandes pensadores occidentales se encuentran, por lo general, salvando ciertas excepciones, preocupantemente desconectados de la realidad concreta y de su propio cuerpo, estado de enajenación espiritual desapercibida que los lleva a escribir sin hacer en absoluto referencias a la realidad concreta de los problemas humanos. Cualquier obra filosófica de la Edad Moderna, desde Descartes pasando por Kant hasta Hegel, transmite una forma teórica de hacer filosofía totalmente desprovista de referencias concretas y desconectada de la realidad cotidiana del hombre. Este carácter teórico-abstracto de los racionalismos e idealismos modernos, es el causante de los empirismos, los materialismos y los vitalismos más radicales, como los de Comte, Marx y Nietzsche, respectivamente, que dan soporte a una visión del mundo absolutamente desespiritualizada y atea. Esta es una de las grandes razones por la que doctrinas filosófico-místicas de carácter práctico procedentes del hinduismo, como el yoga o el budismo, han tenido tanto éxito y aceptación en Occidente, ya que el hombre necesita de una filosofía práctica que le devuelva el contacto espiritual con sigo mismo. En cambio, resulta ridículo leer a filósofos ateos, con pretensiones espirituales y de altos vuelos intelectuales como Martin Heidegger y su filosofía del dasein, que no ofrece más que una burda imitación especulativa y gerigóncica de la filosofía de la pura presencia, ya sea esta en su versión oriental u occidental, y que el único resultado que provoca en sus lectores es el de un confusionismo estéril, por enredarlos en especulaciones farragosas acerca del sí mismo que no les permiten en absoluto el auténtico contacto con su ser.

A pesar de que existe en el colectivo científico la ilusión de que el hombre progresa cada día más, en base a la metafísica, la cosmovisión y la ontología materialista, la realidad es que el proceso que sigue la especie humana es un proceso involutivo, en atención a la tendencia natural e inevitable del universo al caos en cada uno de sus ciclos de existencia. En este sentido el error radica en confundir el progreso del hombre individual, y del hombre como especie, con el progreso de su pensamiento técnico, progreso que no es tal, porque el hombre actual no ha progresado en su pensamiento técnico en absoluto, sino que lo que ha progresado es el archivo cultural de conocimiento técnico al que el hombre actual puede acceder, que puede memorizar y finalmente puede aplicar, como explica Ortega y Gasset en La rebelión de las masas, gracias al sacrificio de vidas enteras de hombres geniales que a través de las generaciones fueron haciendo una serie de descubrimientos científicos que se han ido capitalizando culturalmente. La prueba de este hecho, desapercibido por el narcisismo cultural del mundo contemporáneo y la sociedad tecnocrática, es que, si desapareciera toda la reserva de conocimiento científico y la especie tuviera que partir de cero en el momento presente el hombre actual se revelaría como tan incompetente como lo pudieron haber sido el hombre común del medievo o de la antigüedad. Hay que observar que cualquier estudiante mediocre de hoy es aparentemente más inteligente que los sabios de ayer, que hoy un estudiante cualquiera maneja conocimientos a la edad de veinte años que a los genios del pasado les costó toda una vida de esfuerzo comprensivo llegar a descubrir, pero que esto no es un reflejo de la evolución de la humanidad, sino simplemente que el hombre tiene cada vez más conocimiento técnico disponible para memorizar y aplicar. Es muy fácil menospreciar la ingenuidad de los hombres medievales por sus creencias geocentristas cuando a uno le han educado en el heliocentrismo desde niño, y en realidad este conocimiento no ha sido adquirido en absoluto por la propia reflexión, sino que no es más que una sugestión cultural que uno cree ingenuamente haber comprendido por sí mismo y la ve como una obviedad.